Cecilia de la Vega

MATRIMONIO de Mona Caird

Trad. Cecilia de la Vega y Andrea Lombardo

Publicado por primera vez en el Westminster Review130 (1888): 186-201.

Sección independiente

[Debajo de este título, la Westminster Review destina en ocasiones un espacio limitado a la recepción de artículos calificados que, a pesar de armonizar con el espíritu y los objetivos generales de la revista, pueden contener opiniones que difieren de las ideas o disposiciones que la publicación defiende. El objetivo de los editores al introducir esta sección es facilitar la expresión de opiniones de hombres de grandes facultades mentales y culturales, quienes, aunque celosos defensores de la libertad y el progreso, disienten ampliamente en cuestiones puntuales de gran interés práctico, tanto con los editores como entre ellos.]

No es difícil encontrar gente que tenga una mirada moderada e indulgente acerca de la religión, e incluso la política puede ser apreciada con amplia tolerancia; pero abordemos temas sociales, ¡y los hombres y las mujeres de Inglaterra enseguida se alarman y comienzan a hablar de los cimientos de la sociedad y de la santidad del hogar! Sin embargo, esta forma particular de la vida social, o del matrimonio, a la cual se apegan con tanta vehemencia, de ninguna manera ha existido desde tiempos inmemoriales; de hecho, el matrimonio moderno, con sus ideas satelitales, apenas se remonta a la época de Lutero. Por supuesto que la institución existía desde mucho antes, pero nuestra forma particular de considerarla se puede remontar a la era de la Reforma, cuando también empezaron a surgir el comercio, la competencia y la gran clase burguesa y esta idea notable llamada “respetabilidad”.

Antes de adentrarnos en la historia del matrimonio, es necesario despejar el terreno para reflexionar en torno a este tema y protestar por el uso negligente de las expresiones “naturaleza humana” y, en especial, “naturaleza de la mujer”. La historia nos mostrará, si algo lo hará, que la naturaleza humana tiene, en apariencia, una adaptabilidad ilimitada y que, por lo tanto, no se puede derivar ninguna conclusión a partir de manifestaciones especiales que puedan desarrollarse en cualquier momento. Tal desarrollo debe estar referido a ciertas condiciones y no debe ser confundido con la ley eterna del ser. En cuanto a la “naturaleza de la mujer”, de la que se sustentan innumerables dogmas contradictorios, se sabe tan poco de ella y de su poder de desarrollo, que todas las filosofías sociales están más o menos corrompidas por esta ignorancia universal aunque de sublime inconciencia.

Las dificultades de una relación amistosa entre hombres y mujeres son tan grandes, y los falsos sentimientos incitados por nuestro sistema actual son tantos y tan sutiles, que lo más complejo en este mundo para cualquiera de los sexos es conocer la verdad respecto de los pensamientos y sentires reales del otro. Que descubran lo que cada quien piensa sobre el clima es todo lo que se puede esperar —de manera consistente, es decir, con sumisión genuina a las ordenanzas actuales. Los pensadores, por lo tanto, se ven forzados a no tener en cuenta las numerosas ideas y emociones conocidas a medias y poco entendidas de las mujeres, incluso cuando estas existen en un momento dado, y hacen concesiones aun menores para los avances potenciales, que en la crisis actual son casi incalculables. Se toman por ciertas frases corrientes de lo más superficiales como si expresaran todo lo que se puede saber sobre el tema.

De hecho, no existe una filosofía social, por más lógica y visionaria que sea en otros aspectos, que no incurra en incoherencias en cuanto toca el tema de las mujeres. El pensador abandona las leyes del pensamiento a las que ha adherido hasta ese momento fatal; se olvida de todos los principios de la ciencia que albergaba en su mente hasta entonces y, de repente, retrocede siglos en el conocimiento y en la consciencia de las posibilidades, hace declaraciones de colegial, y “balbucea sobre los campos verdes” de una manera que quita el aliento a quienes han escuchado sus razonamientos previos y han admirado sus anteriores sutilezas de discernimiento. ¿Ha sido víctima de alguna enfermedad mental agobiante? ¿O simplemente se permite apartar un tema de las corrientes circulantes de su cerebro y juzgarlo sobre la base de principios diferentes de los que juzga cualquier otro tema?

Cualquiera sea el motivo, los resultados parecieran ser los mismos. Una pérdida repentina de la facultad intelectual tendría exactamente este efecto sobre las opiniones que el doliente pudiera tener sobre cualquier cuestión que se le presentara después. Distanciado de pronto de su elevado estado mental, nuestro filósofo sostiene el mismo punto de vista sobre las mujeres que ciertos teólogos indios tenían sobre el alimento básico de su país (1) . “El Gran Espíritu”, decían, “creó todas las cosas excepto el arroz salvaje; el arroz salvaje apareció por azar”. La Musa de la Historia, guiada por la de la Ciencia, protesta con elocuencia contra el hecho de considerar cualquier parte del universo como si fuera “arroz salvaje”; protesta contra la exclusión de las ideas de la evolución, de la selección natural, de la reconocida influencia sobre los órganos y aptitudes del uso y desuso continuado, influencia que cada quien ha experimentado en su propia vida, que cada profesión comprueba, y que es libremente reconocida en la discusión de todas las cuestiones excepto de aquellas en las que las mujeres son un elemento importante. “¡Como era en un principio, ella es ahora, y siempre lo será…!”.

Existe una extraña ironía en esta vinculación de las mujeres con los malos resultados sobre su naturaleza de las restricciones e injusticias que han sufrido por generaciones. Encadenamos a un perro para que vigile nuestro hogar; lo privamos de su libertad y, en algunos casos, ¡qué pena!, incluso del ejercicio adecuado para que sus extremidades se mantengan flexibles y su cuerpo saludable. Se pone apático y desanimado; es infeliz y tiene mal aspecto, y si por casualidad lo sueltan, hace travesuras y escapa. No ha estado acostumbrado a la libertad ni a la felicidad y no puede tolerarlo.

Algunas personas compasivas le preguntan al amo:

—¿Por qué tienes a ese perro siempre encadenado?

—¡Ah!, está acostumbrado; está hecho para las cadenas; cuando lo soltamos, corre desbocado.

Por tanto, el perro es castigado con la cadena por la desgracia de haber sido encadenado, hasta que la muerte lo libere. De la misma manera, hemos sometido a las mujeres durante siglos a una vida restringida, que promovía una o dos formas de trabajo doméstico; hemos excluido con rigurosidad (incluso castigado) cualquier otro medio de desarrollo de poder, y luego hemos insistido con que las consiguientes adaptaciones de estructura y los instintos violentos creados por este proceso de distorsión se sigan añadiendo, por una suerte de interés conjunto, a las propias distorsiones, y al mismo tiempo continúen creando una base cada vez más sólida para sostener el sistema de restricciones establecido y las ideas que lo sustentan. Encadenamos porque hemos encadenado. El perro no debe ser soltado porque su naturaleza se ha adaptado a la desgracia del cautiverio.

Él no puede recurrir a la revancha; debe vivir y morir, y nadie sabe de su miseria. Pero la mujer toma venganza de manera inconsciente, porque forma parte de la vida más íntima de la sociedad. Ella puede devolver la herida con creces. Y así lo hace, punto por punto. A través de ella, en gran medida, el matrimonio se convierte en lo que Milton llama “un cautiverio doméstico mustio y desconsolado” y, a través de su influencia sobre los niños, es capaz de mantener muchas debilidades físicas y enfermedades que, con un poco de conocimiento, podrían eliminarse fácilmente; la mujer es capaz de oponerse a nuevas ideas mediante la implantación temprana de prejuicios; y, en pocas palabras, puede refrenar las ruedas del progreso y lanzar al mundo seres humanos capaces de arruinar cualquier intento de reorganización social que pueda producirse, ya sea por parte de los hombres o los dioses (2) .

Así, en vistas de que la naturaleza de las mujeres es el resultado de sus circunstancias, y que no son una especie de “arroz salvaje” humano, que apareció por azar o por creación especial, ninguna protesta puede ser demasiado fuerte contra el uso irreflexivo de la expresión “naturaleza de la mujer”. Una multitud inmanejable de preguntas suplicantes, afirmaciones crudas y malos hábitos de pensamiento están empaquetados en esas palabras trilladas.

Habiendo formulado esta protesta, proponemos examinar brevemente la historia del matrimonio, luego analizar el matrimonio en la actualidad y, por último, debatir sobre el matrimonio del futuro. Comenzamos con una época en la que no existía lo que llamamos monogamia, pero no es necesario para nuestro propósito demorarnos aquí. La primera era que guarda estrecha relación con nuestro tema es la era matriarcal, a la que remiten de manera concluyente los mitos y el folklore en casi todos los países. La madre era la cabeza de la familia, la sacerdotisa e instructora en el arte de la labranza. Fue la primera agricultora, la primera herborista, la iniciadora (dice Karl Pierson) de toda civilización. De esta época, se han producido muchos descubrimientos últimamente en Alemania. La cueva en la que la madre se refugiaba y criaba a su familia fue el germen del “hogar”. La familia conocía solo un progenitor: la madre; su nombre se heredaba y la propiedad —cuando comenzó a existir— se legaba a través de ella, y solo ella. El derecho irrenunciable de una mujer a su propio hijo se mantenía, por supuesto, incuestionable; y no fue sino hasta muchos siglos después que los hombres recurrieron a todo tipo de extraños artificios con miras a reclamar autoridad sobre los niños, lo que al final se estableció por la fuerza, más allá del derecho moral.

La idea de derecho siempre se asocia, con el correr del tiempo, a una costumbre establecida que está bien respaldada por la fuerza; y, en la actualidad, incluso las personas con elevados sentimientos morales no ven la sinrazón en el poder legal de un hombre para disponer de sus hijos en contra de la voluntad de la madre. El hombre ahora no solo reclama el derecho a interferir, sino que demanda tener autoridad exclusiva en casos de disputa. Esto resultaría increíble si no fuera que se trata de un hecho real.

Durante la era de la madre, algunos hombres de la tribu se convirtieron en cazadores errantes, mientras que otros se quedaron en sus hogares para labrar el suelo. Los cazadores, al no poder conseguir esposas en los bosques y en las soledades, solían asaltar los asentamientos y llevarse a algunas de las mujeres. Este fue el origen de nuestra idea moderna de la posesión en el matrimonio. La mujer pasó a ser propiedad del hombre, de él por derecho de conquista. Ahora, la mujer es de él por derecho legal.

Creemos que fue John Stuart Mill quien dijo que la mujer fue el primer ser humano esclavizado. Probablemente, una esposa cautiva perdió su libertad mucho antes de que los animales fueran sometidos al servicio del hombre. En Alemania, en tiempos remotos, las mujeres solían arrastrar el arado. Este y muchos otros hechos similares que podemos comentar al pasar demuestran que no existe una diferencia inherente en la fuerza física entre los dos sexos, y que la gran diferencia actual se debe probablemente a la diferencia de quehaceres que se extiende muchas generaciones en el tiempo.

El período de transición de la era de la madre a la era del padre fue largo y doloroso. Llevó siglos despojar a la mujer de su fuerte posición como cabeza de familia y de toda la reverencia supersticiosa que su conocimiento de las artes primitivas y de ciertas propiedades de las hierbas, además de su influencia como sacerdotisa, le habían asegurado.

De esta prolongada lucha encontramos muchas huellas en viejas leyendas, en el folklore y en la pervivencia de costumbres más antiguas que la historia. Mucho después, en las persecuciones de brujas de la Edad Media, nos encontramos con los restos de la creencia en el poder y el conocimiento superior de la mujer y la determinación del hombre de extinguirlo (3) . La fascinación se mantuvo en forma de superstición, pero la antigua reverencia se transformó en antagonismo. En la literatura inaugural, podemos advertir que las mujeres eran criaturas ávidas de poder y que el hombre era tan solo un cobarde que permitía que esta baja y despreciable influencia se abriera paso en su contra.

Durante el período de transición, los matrimonios por rapto se encontraron, desde luego, con la enérgica oposición de la madre de la novia, no solo con respecto al acto arbitrario en sí mismo, sino también por los cambios relacionados con la propiedad que trajo aparejado el establecimiento del dominio del padre. Así, encontramos un sustento hereditario, sin duda, ¡de la repugnancia natural, profunda, e infundida de manera divina, del hombre hacia su suegra! Se le puede atribuir este sentimiento a la autoridad de los siglos, y casi en el mismo rango, a un impulso primitivo y sagrado de nuestra naturaleza como lo es el instinto maternal. Casi podríamos referirnos a ello de manera tierna y meliflua como algo “hermoso”.

Con la expansión del cristianismo y las doctrinas ascéticas de sus sucesivos maestros, la influencia femenina volvió a estar en jaque. “¡Mujer!”, exclama Tertuliano con sorprendente franqueza, “¡Tú eres la puerta del infierno!”. Esta es la idea inaugural de la era monástica. La mujer era un aliado de Satán que se proponía desviar a los hombres de los caminos de la rectitud. ¡Parece que lo ha conseguido espléndidamente! Llevamos un siglo de corrupción casi universal que marca el inicio del período de los cantores de Minné y los trovadores, o lo que se conoce como la era de la caballería. A pesar de la sociedad licenciosa, esta época nos ha dado el precioso germen de una nueva idea con respecto al vínculo sexual; puesto que el arte y la poesía ahora comenzaron a suavizar y embellecer la pasión más cruda, y tenemos el primer indicio de una distinción que se puede apreciar con claridad entre el amor, como era representado por los autores clásicos, y lo que podría llamarse el amor moderno, o romántico —como lo denominó un escritor reciente. Este sentimiento más noble, cuando se desarrolla y entreteje aún más con las ideas del crecimiento moderno, forma la base del matrimonio ideal, que se funda en una atracción y expresión plenas de toda la naturaleza.

Pero este desarrollo se vio amenazado, aunque la idea no fue destruida, por la Reforma. Es a Lutero y a sus seguidores a quienes podemos remitir casi todos los conceptos que gobiernan ahora el mundo relacionado con el matrimonio. Lutero era esencialmente hosco e irreverente hacia el sexo oprimido; colocó el matrimonio en el estrado más bajo posible y, de más está decir, no tuvo en cuenta la opinión de las mujeres en un asunto que les concernía tan profundamente. En la era de la caballería, el lazo matrimonial no era tan estricto; y las ideas actuales sobre la “virtud” y el “honor” eran casi inexistentes. La sociedad se encontraba en lo que se denomina un estado caótico; existían licencias extremas por todas partes y, a pesar de que el estándar de moralidad era mucho más severo para la mujer que para el hombre, aun así, ella tenía cierto grado de libertad para entregarse según lo dictaran sus pasiones, y la sociedad le otorgaba tácitamente el derecho de elegir en asuntos de amor. Pero Lutero ignoró todas las demandas de pasión en una mujer; de hecho, ella no tenía ninguna demanda reconocida; no tenía permitido negarse a ningún rol de vida que le hubiera sido asignado; al hombre nunca se le ocurrió la idea de que la mujer pudiera oponerse a la decisión del varón —el rôle de ella era el de obedecer y servir; figuraba como propiedad legal de un hombre, la salvaguarda contra el pecado, y la víctima del vampiro de la “respetabilidad”, que, de ahora en adelante, se aferraría a todas las mujeres y bebería su sangre vital.

El pasar de las licencias plenas de la era de la caballería al decoro del régime filisteo significó solo un cambio en el mode de libertinaje; no un paso del mal al bien. La hipocresía se convirtió en el dios del hogar; la verdadera pasión fue destronada; y con ella, la poesía y el romance; el espíritu comercial, adusto y vigilante, inició su extensa trayectoria y comenzó a regular las relaciones entre los sexos. Encontramos una combinación peculiar de sensualidad y decoro: el espíritu mercenario se introdujo en la idea del matrimonio; las mujeres eran llevadas y vendidas como si fueran ganado, y se las educaba, al mismo tiempo, en las estrictas ideas de la “pureza” y el deber, para que tuvieran la paciencia de Griselda ante la más severa provocación. Llevadas por el mejor postor, eran gravemente exhortadas a ser morales, castas, fieles y temerosas de Dios, y a servir a sus señores en la vida y en la muerte. Hacer un buen negocio y sermonear a la propia víctima al mismo tiempo es una proeza digna de la orden de los filisteos. Con el crecimiento del sistema comercial, de la próspera clase burguesa y de todas las ideas que florecen bajo la influencia de la riqueza cuando se encuentra divorciada del cultivo de la mente, el estatus de las mujeres se estableció gradualmente sobre esta base degradante, y se consolidó con mayor solidez a medida que la burguesía fue creciendo en poder y prosperidad.

Bebel habla de Lutero como el intérprete del “sensualismo saludable” de la Edad Media (4). Sin embargo, cualquier “sensualismo saludable” que no estuviera legitimado con el aval de la iglesia y la ley era rigurosamente castigado bajo su sistema. Las mujeres infractoras eran sometidas a una forma espantosa de castigo. Así, podríamos decir que, en favor de la sensualidad y la respetabilidad, Lutero estableció un sistema de matrimonio estricto. También predicó la doctrina devastadora que convierte en una obligación tener un número ilimitado de hijos. Por supuesto, ni por un momento consideró a la mujer en este asunto. ¿Por qué un monje de piel curtida y toscos ropajes del siglo dieciséis debería considerar sufrimientos que son ignorados por los teólogos de corazón tierno del siglo XIX? El noble Melanchthon dice sobre el tema: “Si una mujer se cansa de tener hijos, eso no interesa; que muera por dar a luz, está allí para eso”. Esta doctrina no está obsoleta en el presente. Es la regla de vida entre el grueso de nuestras clases más respetables, aquellas que tienen en sus manos la balanza de la moralidad pública y cuya prerrogativa parece ser juzgar para no ser juzgados.

Como ejemplo de la manera en que un hombre en extremo bondadoso puede considerar este tema —a pesar de su benevolencia—, podemos referirnos a la introducción de Charles Kingsley de la novela Fool of Quality de Brook, editada por el mismo Kingsley. Se ofrece un breve relato de la vida de Brook, quien floreció (en el sentido más literal) en la época de la Restauración, y fue salvado, como señala su biógrafo con alegría y agradecimiento, de los vicios de esa época corrupta gracias a un matrimonio precoz. Kingsley continúa describiendo este hogar donde todo era encomiable y donde lo doméstico reinaba y prosperaba. Se detiene con cariño en esa imagen grata de las alegrías sencillas y los cuidados felices, en los enjambres de niños preciosos que se apiñan alrededor de las rodillas de su padre y lo rescatan de los peligros de una era licenciosa. Kingsley menciona, al pasar, que la joven esposa observa la feliz escena desde el sillón, habiendo quedado inválida debido al número de hijos que ha tenido durante los pocos años de su vida matrimonial. ¿Pero qué hay con eso? ¿Qué hay de la congoja y el hastío, qué de los miles de penosos impedimentos que esa joven mujer ha padecido antes de que su naturaleza se rindiera frente al esfuerzo, impedimentos que tendrá que soportar hasta el final de su vida? ¿No ha sido salvado el valioso Brook de una vida inmoral? (¡Por supuesto, no podíamos esperar que Brook se salvara por su cuenta! —no somos irracionales). ¿No se ha propiciado el decoro y la respetabilidad? ¿Y el precio de todo esto? Simplemente el sufrimiento y la herida de por vida de una mujer joven, producida de un modo “natural” claramente establecido; nada más. Kingsley siente que resultó un precio módico. ¡Brook se salvó! ¡Aleluya!

Es difícil pensar en el gran reformador sin acritud, aunque seamos conscientes de los indecibles beneficios que le ha conferido a la humanidad. ¡Es gracias a Lutero que las mujeres son martirizadas diariamente en aras de la virtud y el decoro! Es a Lutero a quien le debemos la mitad de las inconsistencias y crueldades de nuestras leyes sociales, a Lutero a quien le debemos la extrema importancia de nuestro rito matrimonial, que marca la total diferencia entre el pecado pavoroso y el deber absoluto.

“La iglesia católica, antes de Lutero, nos había enseñado que el matrimonio era un sacramento. Deberíamos ser las últimas en defender la verdad de tal concepción, pero resulta necesario señalar que esto enfatizaba algo que iba más allá de lo físico en la relación conyugal, la dotaba de un costado espiritual. La concepción del matrimonio como una relación física y espiritual nos parece la condición esencial de toda felicidad permanente entre el hombre y la mujer. La unión intelectual superpuesta a la física es precisamente lo que eleva al ser humano por encima del coito animal…Creemos que el lado espiritual debe tenerse siempre en cuenta si se quiere preservar la santidad del matrimonio. Aquí es donde Lutero, al rechazar la concepción del matrimonio como un sacramento, se precipita, con su impetuosidad habitual, hacia el extremo opuesto y más peligroso” (5) .

Lutero, al destruir la santidad religiosa del matrimonio, destruyó también la idea de la unión espiritual que la concepción religiosa entrañaba; hizo todo lo posible para privarlo de los elementos de afecto y compasión verdaderos y llevarlo a la forma más baja que es capaz de asumir. Debía considerarse simplemente como un medio para evitar el caos social general, como “salvaguarda contra el pecado”; y la posición de la esposa —a menos que las leyes humanas tuvieran algún poder sobrenatural de santificación— era la posición más abyecta y degradada que un ser humano podía ocupar.

Que Lutero no reparara en el insulto que significaba para las mujeres la admisión de ese credo no es de extrañar, puesto que el siglo diecinueve apenas si lo ha descubierto. Por supuesto, de esas ideas afloran nociones rígidas sobre la condición de ser esposa. La castidad de la mujer se torna el perro guardián de la posesión del hombre. Ella ha tomado muy en serio el sermón que le fue impartido al momento de ser adquirida; y la castidad pasa a ser su principal virtud. Si deseamos enfrentar el tema con honestidad, no debemos ignorar el hecho de que esta virtud no tiene en principio ninguna conexión con la propia naturaleza de la mujer; no surge de los sentimientos que protegen la dignidad individual. La cualidad, cualesquiera sean sus méritos intrínsecos, ha alcanzado su misteriosa autoridad y jerarquía actuales a causa de los celos monopolizadores del hombre, por el hecho de que este deseaba “poseer y conservar” a una mujer como su propiedad exclusiva y debido a que consideraba a cualquier otro hombre que disputara su monopolio como un enemigo imperdonable. De ahí surgió la idea del “honor” del hombre, y se creó la notable paradoja de una posesión o atributo moral, que podía ser lacerado por la acción de una persona diferente del poseedor. Así surgió también el honor de la mujer, que se perdía si no se reservaba únicamente para su señor, presente o futuro. De nuevo, notamos que el honor de la mujer hace referencia a alguien más que no es ella, aunque con el paso del tiempo la idea se profundizó y ahora ha adquirido una relación con la propia naturaleza moral de una mujer, y una fijación aún más firme sobre la conciencia. Por más valiosa que sea la cualidad, de seguro no surgió de un sentido de respeto hacia la mujer, sino de su sometimiento respecto del hombre.

Al tiempo que consideramos el desarrollo de esta época burguesa, no debemos dejar de notar la concurrencia del matrimonio estricto y la prostitución sistemática o legalizada. El caos social de la era de la caballería se reemplazó por un orden comparativo, y allí surgió una línea divisoria (mucho más absoluta que la que había existido antes en Alemania) entre dos clases de mujeres: aquellas que se sometían al yugo del matrimonio en los términos de Lutero, y aquellas que permanecían al otro lado del gran abismo social, sojuzgadas también a leyes severas y tratadas también como propiedad de los hombres (aunque no de un solo hombre). Ahora, vemos concluida nuestra manera de dirimir las relaciones entre los sexos. Los factores de nuestro sistema son: la respetabilidad, la prostitución, el matrimonio estricto, el mercantilismo, un patrón moral desigual para los dos sexos y el sometimiento de las mujeres.

En este breve recuento no nos hemos detenido en los terribles sufrimientos que padece el sexo oprimido a través de todos sus cambios de estado; hacerlo de un modo que fuera comprendido nos alejaría mucho del tema e involucraría demasiados detalles. Baste decir que las crueldades, las indignidades y los insultos a los que fueron expuestas las mujeres son (como todo estudiante de historia sabe) abominables más allá de toda descripción. En Mongolia, hay grandes jaulas en el mercado donde se encierra a los prisioneros condenados y se los deja morir de hambre. La gente se reúne frente a estas jaulas para mofarse e insultar a las víctimas mientras mueren lentamente día a día ante sus ojos. Al leer la historia del pasado, e incluso la literatura de nuestros días, es difícil no ver en aquel mercado mongol un símbolo de nuestra propia sociedad, con su propia jaula de hierro, en la que las mujeres son encarceladas y sufren de hambre moral, mientras que los insensatos se congregan alrededor para burlarse e insultar su prolongada desgracia. Cualquiera que piense que esto es exagerado e injusto, observe la manera en la que nuestros propios novelistas del pasado y del presente, por ejemplo, abordan todos los temas relacionados con las mujeres, el matrimonio y la maternidad, y luego pregúntese si no reconoce de inmediato su ridícula inconsistencia y sus crueles insultos a las mujeres, expresos e implícitos. El respeto —así denominado— del hombre hacia la mujer, concedido únicamente a condición de que ella observe ciertas restricciones de pensamiento y acción impuestas por él, oculta un sutil tipo de insolencia. Es en realidad la aprobación complaciente de quien legisla a la vista de súbditos obedientes. El llanto penoso de Elsie en The Golden Legend ha tenido muchas repeticiones en los corazones de las mujeres en sucesivas épocas:

“¿Por qué debería vivir? ¡Acaso no es una certeza

Que la vida de una mujer es pura tristeza!

Esforzarse más, y más, y más,

Con el corazón quebrado, y ojos llorosos,

Y labios silentes, y en el alma

Los anhelos secretos que nacen

Y en este mundo no se satisfacen”.

Suficiente del pasado y su relación con el presente. Ahora, nos concentramos en el problema de hoy, que es en extremo complejo. Tenemos una sociedad gobernada por las ideas de Lutero acerca del matrimonio; tenemos niñas que fueron educadas para considerarlo su destino; y tenemos, al mismo tiempo, una cantidad muy importante de mujeres que hace que no todas puedan casarse, aun si (como creo que dice la Srta. Clapperton (6)) tuvieran el atractivo de Helena de Troya y Cleopatra juntas. Por lo tanto, nos encontramos con un número de mujeres que son arrojadas al mundo para ganarse la vida frente a toda clase de obstáculos. La competencia es alta para todas, e incluso si no hubiera prejuicios que sortear, la contienda sería ardua; tal como están las cosas, la vida para las mujeres pobres y solteras se convierte en mero yugo. No tiene sentido arremeter contra los matrimonios mercenarios, por muy degradantes que puedan ser, porque una mirada a la situación muestra que no hay alternativa razonable. No podemos pedir que cada mujer sea una heroína y que elija un camino difícil y espinoso cuando se ofrece uno comparativamente más plácido (como pareciera ser), y cuando la presión de la opinión pública insta fuertemente en esa dirección. Unas pocas naturalezas superiores resistirán y se sumarán a la multitud de trabajadoras exhaustas y mal remuneradas; pero la mayoría tomará la voz de la sociedad por la voz de Dios o, al menos de la sabiduría, y nuestro característico matrimonio respetable —sobre el cual se supone que descansa la seguridad de toda la existencia social— seguirá siendo, como hasta ahora, lo peor, puesto que es la forma más hipócrita de mercantilización de la mujer. Así, tenemos, por un lado, un matrimonio más o menos degradante y, por el otro, un número de mujeres que no pueden acceder a esa profesión, pero que deben renunciar a la salud y al disfrute de la vida en una batalla perdida contra el mundo.

Bebel es muy elocuente respecto del sufrimiento de las mujeres solteras, que debe ser en verdad muy cruel para aquellas que han sido preparadas para el matrimonio y para nada más, y cuyas emociones han sido estimuladas y cuyas ideas han sido coloreadas por la imaginación de los cuidados y la felicidad doméstica. La sociedad, al haberles prohibido o desalentado otras ambiciones a las mujeres, las arroja a un lado con desprecio como si fueran un fracaso cuando, a través de esta misma organización social, ellas no pueden procurarse un hogar y una “esfera” adecuada en la que practicar las virtudes femeninas. El insulto y la injuria hacia las mujeres es literalmente la idea principal y la base fundante de la sociedad.

La Sra. Augusta Weber señala de modo curioso las inconsistencias de las nociones populares sobre este tema. Dice: “La gente piensa que las mujeres que no se quieren casar son poco femeninas; piensan que las mujeres que no se quieren casar son impúdicas; combinan ambas opiniones al considerar que es poco femenino que las mujeres no tengan el anhelo de llegar a ser esposas como si fuera la esperanza y el propósito de sus vidas, y a la vez ridiculizan y desprecian a cualquier mujer que conozcan y sospechen que alberga tal anhelo. Ellas deben desear y no desear; de ninguna manera deben dar, y ciertamente no deben negar. ¡Ánimo! Y así continúa, cada precepto anula el anterior, y la mayoría de ellos son negativos”. Sin duda, existen prejuicios sociales igualmente absurdos que obstaculizan la libertad del hombre al enseñar a las muchachas y sus amistades a ir tras propuestas de casamiento, en lugar de considerar las señales de interés y agrado con un espíritu más íntegro. Nunca tendremos un mundo en el que realmente valga la pena vivir hasta que los hombres y las mujeres puedan demostrarse interesados el uno por el otro, sin verse impulsados a casarse o a renunciar por completo al placer y al beneficio de los encuentros frecuentes. No será el mundo un lugar en verdad placentero mientras continúe siendo casi imposible la amistad entre personas de sexos opuestos, insistiendo en que lo es y, por lo tanto, de mil maneras directas e indirectas, provocando el cumplimiento de dicha profecía. Toda esta falsa sensiblería y astucia superficial, con las restricciones que implican, hacen que el matrimonio ideal —es decir, una unión impulsada por el amor, la afinidad o la atracción natural y la amistad— esté casi fuera del alcance de esta generación. Ya que estamos tratando este aspecto del asunto, vale la pena citar un ejemplo típico de algunas cartas escritas a Max O’ Rell sobre la publicación de The Daughters of John Bull. Una dama de lenguaje directo exclama con fiereza: “¡El hombre es una bestia!”, y continúa explicando en tono alegre que, habiendo recibido una pequeña fortuna de un pariente, es capaz de prescindir de la compañía de “la criatura odiosa”. Por supuesto, Max O’ Rell felicita calurosamente a “la criatura odiosa”. “Por fin”, otra dama exclama, “tenemos a alguien entre nosotros con ingenio para percibir que la vida que lleva una mujer con el marido común y corriente que bebe jerez y fuma cigarros no es mejor que la de un esclavo oriental. Tomemos mi propio caso, que es uno entre miles en nuestra tierra. Pertenezco a mi amo y señor, en cuerpo y alma; se me exigen los deberes de ama de llaves, niñera principal e institutriz; se espera que esté siempre en casa, a entera disposición de mi esposo. Es verdad que me da de comer y que, para su propia gloria, me provee de ropa hermosa. También es verdad que no me golpea. Por esto, debería, por supuesto, estar agradecida; pero, a veces, pienso en lo que usted dice sobre la cuestión de la esposa y la criada, y me pregunto a cuántas de nosotras no nos gustaría tener el privilegio de la cocinera de poder presentar un aviso de renuncia”.

Si la esposa se siente así, podemos tener la certeza de que el esposo piensa que él también tiene motivos para quejarse, y cuando orientamos esta representación no exagerada junto con la desdichada situación de los maridos aburridos compadecidos por la Sra. Lynn Linton, no podemos evitar sospechar que hay algo muy “podrido en el estado de Dinamarca”. Entre otros absurdos, tenemos esposos y esposas bien intencionados que se acosan hasta la muerte sin ninguna razón en el mundo más que el deseo de ajustarse a las nociones actuales sobre la conducta apropiada de las personas casadas. Se espera que estas víctimas vaguen juntas a perpetuidad —como si fueran la yunta de caballos de un carruaje—, y tengan siempre demandas unas sobre otras, exijan o hagan sacrificios inútiles y, en general, se interpongan en el camino del otro. El hombre que se casa descubre que ha perdido su libertad; y la mujer cambia un conjunto de restricciones por otras. Ella se considera abandonada si su esposo no regresa siempre por las tardes; y el esposo y la sociedad la consideran irresponsable, frívola, y demás, si no permanece sola en la casa e intenta hacerlo regresar a fuerza de suspiros. El desafortunado hombre encuentra a su esposa tan obediente y domesticada, tan confinada a su “propia esfera”, que la considera, por ventura, más ejemplar que entretenida. Aun así, ella puede mostrarse herida y resignada, pero no debe ir al encuentro de la sociedad y del trabajo por su propia cuenta, ni incrementar la reserva mental común, o aportar nuevos intereses y conocimientos a la existencia conjunta, y convertirse de ese modo en un ser competitivo, cultivado y agradable. No es de extrañar que mientras todo esto se encuentre prohibido, tengamos tantas esposas infelices y maridos aburridos. ¡Cuanto más admirables las esposas, más y más aburridos los maridos!

Por supuesto que existen notables excepciones a esta imagen de la vida matrimonial, pero no nos estamos ocupando de las excepciones. En la mayoría de los casos, las cadenas del matrimonio raspan la carne, si es que no provocan heridas graves; y donde hay felicidad, se compra a un alto precio y no se encuentra en un plano muy elevado. Marido y mujer son propensos a olvidarse de todo inmersos en las cuestiones absorbentes pero limitadas de su hogar, a depender por completo uno del otro, a sumergirse en las mismas ideas, hasta convertirse en meros ecos, mitades de una criatura, inservibles para el mundo, porque han caído en la rutina y han dejado morir su individualidad. Pocas cosas son menos irritantes de un modo pasivo que una pareja muy “unida”. Las similitudes que a menudo se señalan entre las personas casadas son un exponente de la melancolía de esta unida degeneración.

Llegamos a la conclusión de que la forma actual del matrimonio —en proporción exacta a su conformidad con ideas ortodoxas— es un fracaso insoportable. Si ciertas personas han logrado convertirlo en un éxito al ignorar esas ideas ortodoxas, esos casos no constituyen argumentos favorables para la institución tal como está erigida. También nos lleva a concluir que la “respetabilidad” moderna extrae su sangre vital de la degradación de la mujer en el matrimonio y en la prostitución. ¿Pero qué se puede hacer para remediar estos males diversos? ¿Cómo se puede rescatar al matrimonio de una sociedad mercenaria, arrancarlo de los brazos de la “respetabilidad” y asentarlo sobre bases que ya no lo vuelvan un insulto para la dignidad humana?

Primero que nada, debemos establecer un ideal, imperturbable ante lo que parecerá una imposibilidad utópica. Cada cosa buena que disfrutamos hoy alguna vez fue el sueño de alguien “demente y entusiasta”, con la locura suficiente para creer en el poder de las ideas y en el poder de la humanidad para hacer las cosas según su deseo. El matrimonio ideal, entonces, sin importar los peligros y las dificultades, debería ser libre. Siempre que el amor y la confianza y la amistad perduren, no se necesitarán ataduras para mantener a dos personas unidas; la vida por separado será vacía y descolorida; pero cuando estos sentimientos se extinguen, la unión se vuelve falsa y perversa, y nadie debería tener el poder para imponerla. La cuestión es que cualquier intervención, ya sea de la ley o de la sociedad, es una impertinencia. Incluso la idea de “obligación” debería ser excluida del más perfecto de los matrimonios, porque la atracción intensa de un ser por el otro, el deseo intenso de la felicidad de la otra persona, provocaría cambios de todo tipo que darían como resultado un sentimiento mucho más apasionado que el de la obligación. No haría falta decir que debe existir una comprensión y reconocimiento cabal del derecho evidente de la mujer a ser dueña de su cuerpo y alma, para entregarse o no en cuerpo y alma tal como lo desee. El derecho moral aquí es tan palpable, y su negación implica ideas tan bajas y tan ofensivas para la dignidad humana, que ningún temor a las consecuencias debería disuadirnos de hacer de esta libertad un elemento de nuestro ideal, de hecho, su principio fundamental. Sin esto, ningún ideal podría mantenerse con la frente en alto. Es más, las “consecuencias” a largo plazo nunca son beneficiosas cuando los derechos morales obvios se ven relegados. La idea de un matrimonio libre por completo implicaría la posibilidad de concertar todo tipo de contrato entre dos personas, manteniendo al estado y la sociedad al margen, y reconociendo el carácter en absoluto privado de la transacción.

La independencia económica de la mujer es la primera condición para un matrimonio libre. La mujer no debería sentirse tentada a casarse, o a mantenerse casada, por un plato de comida. Pero esta es una condición muy difícil de alcanzar. Nuestro sistema competitivo actual, con la diaria ferocidad creciente de la lucha por la existencia, se reduce con rapidez a un absurdo, y el trabajo de la mujer hace que esta lucha sea aún más encarnizada. El problema que se le presenta ahora a la mente y la conciencia de la humanidad es reajustar su organización industrial de modo tal que esta competencia absurda e inútil se reduzca de manera gradual y dentro de límites razonables, y sea reemplazada por una forma de cooperación en la que los intereses de una persona no dependan de la desgracia de su vecino sino de su felicidad y bienestar. No tiene sentido decir que esto no se puede hacer; el estado de la sociedad nos muestra con claridad que se debe hacer tarde o temprano; de otro modo será alguna violenta catástrofe la que le ponga fin a un estado de la cuestión que se precipita hacia la imposibilidad. Bajo mejores condiciones económicas, el difícil problema de asegurar la independencia real de las mujeres, y de ese modo reajustar su posición con relación a los hombres y la sociedad, sería fácil de resolver.

Cuando niñas y niños sean educados juntos, cuando la insalubre atmósfera de la vida social se vuelva más fresca y noble, cuando la presión de la existencia nos dé un respiro (como ocurrirá y debe ocurrir), y cuando toda la naturaleza tenga entonces la oportunidad de expandirse, esas adiciones al alcance e interés de la vida dejarán de ser pensadas como maravillosas o “antinaturales”. La “naturaleza humana” tiene mayor variedad de facultades y es más receptiva a las condiciones de lo que imaginamos. Es difícil creer en cosas para las que sentimos que no tenemos capacidad, pero, por fortuna, esas cosas existen más allá de nuestra plácida inconciencia. Demos lugar para el desarrollo de la individualidad, y la individualidad se desarrollará, ¡para sorpresa de los espectadores! Demos libertad en el matrimonio y cada par celebrará su unión según su particular manera, y creará una diversidad refrescante en los modos de la vida, y como consecuencia, del carácter. Esto será infinitamente preferible a nuestra sombría uniformidad, en la que el fruto de nuestra pasión es exactamente igual, en todos los aspectos, al de nuestros vecinos.

La libertad propuesta en el matrimonio por supuesto que tendrá que ir de la mano de la coeducación de los sexos. Es nuestra actual y absurda interferencia con las influencias civilizadoras naturales de un sexo sobre el otro lo que crea la mitad de los peligros y dificultades de nuestra vida social y les confiere color a los miedos de aquellos que le dan vueltas al asunto del matrimonio con mil restricciones o las tan mentadas salvaguardas, fatales para la felicidad, y, sin duda, nada productivas para una condición social satisfactoria. Los buenos resultados de este método de coeducación ya se han probado mediante experimentos en los Estados Unidos, pero deberíamos ir en esa dirección más allá de lo que han ido nuestros adelantados parientes. Si hombres y mujeres se reunieran libremente, tanto durante las horas de trabajo como en los momentos de recreación, tendrían la oportunidad de formarse una idea razonable de sus personalidades, de forjar amistades más allá del sexo, de dar y recibir la influencia inspiradora que, en apariencia, solo puede ser dada de un sexo al otro (7) . También tendrían la posibilidad de formar vínculos genuinos basados en la amistad; el matrimonio dejaría de ser esta cuestión azarosa que es ahora; a las muchachas ya no se les daría por enamorarse de un hombre porque no han conocido a ningún otro en términos de similar intimidad, y no estarían tentadas a casarse para sentir que son libres o que tienen un lugar en la vida, porque la existencia sería libre y plena desde el comienzo.

El aumento generalizado en salud, física y moral, seguido de la mejora en nacimiento, entorno y formación, se reflejaría con rapidez en el estado global de la sociedad. Quien haya observado con detenimiento sabrá cuán grata es la respuesta del organismo humano al mejoramiento de sus condiciones, siempre que estas se mantengan constantes. Tendríamos que tratar con hombres y mujeres más saludables, mejor equipados, más razonables, con mentes mejor desarrolladas y corazones bien dispuestos hacia sus semejantes. ¿Estas personas serían tan propensas a contraer matrimonio de manera frívola e ignorante como el promedio de los hombres y mujeres de hoy? De seguro que no. Si el número de divorcios, de hecho, no decreciera, tendríamos la certeza de que ninguna pareja permanecería unida en contra de su voluntad, y que ninguna vida se sacrificaría en pos de una mera convención. Con los cambios sociales que irían de la mano con los cambios en el estado del matrimonio, vendrían inevitablemente muchas formas nuevas de poder humano, y de este modo todo tipo de influencias nuevas y estimulantes se pondrían en marcha en la sociedad. Ningún hombre tiene derecho a considerarse educado hasta que haya estado bajo la influencia de una mujer cultivada, y lo mismo se puede decir de una mujer en relación al hombre (8). El desarrollo involucra un aumento de la complejidad. Se da así en todas las formas de existencia, vegetales y animales, y se da así también en la vida humana. Se verá que hombres y mujeres, a medida que elevan su complejidad, pueden involucrarse en incontable variedad de relaciones, sin abandonar ninguno de los buenos dones que ahora poseen, pero incrementando sus facultades indefinidamente, y, por ende, sus emociones y experiencias. El accionar de la naturaleza del hombre por sobre la de la mujer, y la de la mujer por sobre la del hombre, ahora es conocido solo en una pocas instancias, aunque existe un mundo entero para explorar en esta dirección, y es más que probable que el futuro reserve un descubrimiento en el dominio del espíritu tan grande como el de Cristóbal Colón en el dominio de la materia.

En cuanto a los peligros que acompañan estos estos reajustes, sin duda no hay mucho para decir. Los males que rondan el matrimonio se relacionan con otros males, por lo que ese movimiento es en verdad difícil y riesgoso. No obstante, debemos recordar que ahora vivimos a merced de los peligros, y que la felicidad humana está siendo asesinada con crueldad por nuestros sistemas de injusticia legalizada. Si permanecemos en nuestros asientos, sin movernos, con gesto circunspecto, tratando a nuestro sistema social como si fuera una torre de naipes que podría ser derribada de un suspiro, solo nos limitamos a esperar a ver cómo cae por su propia podredumbre interna, y cuando eso ocurra ¡sí que tendremos peligros para enfrentar! El momento ha llegado, no para el derrocamiento violento de las instituciones establecidas antes de que la gente admita que son malignas, sino para una modificación gradual de la opinión, que las reconstruirá desde sus cimientos. El método de los reformistas más ilustrados es desplazar el viejo mal e instalar el nuevo bien, y hacer lo posible para sembrar la semilla de un futuro más noble para que pueda echar raíces y crecer hasta su altura máxima en las almas de hombres y mujeres. Visión a futuro deberíamos tener, pero sabemos muy bien en nuestros corazones que el temor nunca nos conducirá hacia lo más alto de nuestras crecientes posibilidades. La evolución ha dejado de ser una fuerza impulsora que nos arrastra como hojas muertas en un vendaval; gracias a la ciencia, ya no padecemos de total ceguera, y aspiramos a dirigir esa fuerza poderosa hacia el bien de la humanidad. Vemos un campo ilimitado de posibilidades que se abre ante nuestros ojos, ¡nuestro espíritu aventurero puede dar un salto hacia el maravilloso romance de la vida! Reconocemos que ninguna fuerza, por más trivial que sea, dejará de tener valor en la sumatoria general de las cosas que mueven todo de aquí para allá, hacia el cielo o el infierno, según las motivaciones preponderantes de las unidades individuales. Comenzaremos, lento pero seguro, a ver el sinsentido de permitir que la fuerza de un sexo se contraponga y neutralice el hacer del otro, para generar confusión en nuestros esfuerzos y amenazar nuestro progreso. Veremos, en las relaciones que establezcan hombres y mujeres entre sí, la fuente de todo bien y todo mal, precisamente porque esas relaciones son verdaderas y nobles e igualitarias, o falsas y rastreras e injustas. Con esta convicción, buscaremos mover la opinión en todas las direcciones que nos conduzcan hacia esta “consumación sinceramente deseada”, y lo esperamos con ansias y decisión, con esperanza y trabajando para el día en que hombres y mujeres sean camaradas y colegas tanto como amantes y esposos y esposas, cuando la felicidad rica y multifacética que tienen el poder de prodigarse entre sí ya no se disfrute en arrebatos de tentación sino que sea fuente de regocijo y brinde nueva vida a toda la humanidad. Ese será el día que auguró Lewis Morris en El nuevo orden.

“Cuando hombre y mujer en una unión igualitaria

Se fusionen, y el matrimonio sea una verdadera comunión”

Notas

(1) Ver Primitive Culture de Taylor.

(2) Con respecto a los efectos dañinos de la ignorancia en el manejo de los niños pequeños, probablemente muy pocas personas se den cuenta de cuánto dolor evitable se soporta y cuánta debilidad en la vida, más allá de la muerte, es atribuible a los absurdos modos tradicionales de tratar a infantes y niños. Las ideas actuales son increíblemente estúpidas; una niñera ignorante se las transmite a otra y la raza entera es educada de una manera que ofende, no solo a la perspicacia científica, sino al más simple sentido común.

(3) Sex-Relations in Germany de Karl Pierson.

(4) Bebel en Woman.

(5) Martin Luther; his influence on the Material and Intellectual Welfare of Germany. The Westminster Review. New Series, N° CXXIX, enero, 1884, pp. 38-39.

(6) Scientific Meliorism de Jane Hume Clapperton.

(7) El Sr. Henry Stanton, en su artículo The Woman Question in Europe, se refiere a la idea principal de Legouvé en Histoire des Femmes de la siguiente manera: “La igualdad en la diferencia es la clave. La cuestión no es convertir a la mujer en un hombre, sino completar al hombre con la mujer”.

(8) La Sra. Cady Stanton considera que la mente tiene sexo, y que los hombres solo pueden ser inspirados para obtener sus mayores logros por la mujer, mientras que las mujeres son estimuladas al máximo solo por los hombres.

Caird, Mona (1888, 2022). Matrimonio (Trad. Cecilia de la Vega y Andrea Lombardo). En C. de la Vega (Comp.), Ser mujeres, ser personas: voces de mujeres que pelearon por sus derechos durante el fin de siècle en Estados Unidos e Inglaterra, (pp. 49-82). Editorial Facultad de Lenguas, Universidad Nacional de Córdoba. Disponible en: http://hdl.handle.net/11086/28967

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