Cecilia de la Vega

EL NUEVO ASPECTO DE LA CUESTIÓN DE LA MUJER de Sarah Grand

Trad. Cecilia de la Vega

Publicado por primera vez en la revista The North American Review en 1894.

Resulta divertido y a la vez interesante advertir la pausa que el nuevo aspecto de la cuestión de la mujer les ha significado a los Hermanos Gritones, quienes hasta el momento han tratado de socavar todo intento por parte de nuestro sexo de hacer del mundo un lugar más placentero para vivir. Que la mujer lo imitara y deseara intercambiar su lugar con el de él, al hombre le resultaba concebible mientras se encontraba de pie sobre su alfombra, en actitud de monarca, amo y señor de todo lo existente, henchido en su propia arrogancia. Pero que ella se contente con desarrollar el buen material que encuentra en sí misma y que solo esté disconforme con la mala calidad de lo que se le ofrece en el hombre, su compañero, debe parecerle algo monstruoso, además de inexplicable. “Si las mujeres no quieren ser hombres, ¿qué es lo que quieren?”, preguntaron los Hermanos Gritones cuando se les presentó la primera duda respecto de la verdad; y entonces, para tranquilizarse, señalaron a cierto tipo de mujer como prueba del argumento de que las mujeres nos estábamos asexuando.

Sería igual de racional para nosotras ahora declarar que todos los hombres son, en general, Hermanos Gritones, o sacar la conclusión apresurada, por un lado, de que todos los hombres son el enemigo y, por el otro, de que todas las mujeres son volubles. Nosotras tenemos nuestra Hermandad de Chillonas como contraparte de la Hermandad de Gritones. Esta última hermandad consiste en dos tipos de hombres. Primero que nada, está el hombre que se conforma con la mujer tipo vaca, por ser la más conveniente. La amenaza de cualquier tipo de huelga por parte de su ganado doméstico en pos de obtener mayor consideración lo impulsa a manifestarse, enojado, en ruidosas protestas. El otro tipo de Hermano Gritón es aquel que está bajo el influjo de las alimañas de nuestro sexo; solo conoce mujeres de esa clase, dentro y fuera de la sociedad, a las que pretende atrapar o por las que termina en la ruina, de quienes adopta por completo su estilo y en función de quienes nos juzga a todas. Tanto las mujeres vaca como las mujeres alimaña se encuentran dentro del rango de comprensión de la Hermandad de Gritones; pero la nueva mujer está un poco por encima del hombre, y él jamás pensó siquiera en mirar hacia arriba, adonde ella ha permanecido sentada y apartada en contemplación silenciosa durante todos estos años, pensando y pensando, hasta que por fin resolvió el problema y proclamó para sí qué era lo que estaba mal con: “El hogar es la esfera de la mujer”, e indicó un remedio.

Lo que la nueva mujer percibió en un comienzo fue la agitación repentina y violenta del sexo sufriente en todas partes del mundo. Las mujeres se estaban despertando de su larga apatía y, a medida que abrían los ojos, como infantes saludables y hambrientos, incapaces de articular palabra, comenzaron a gimotear sin saber bien por qué. Se las podría haber conformado con facilidad en ese momento si no hubiera sido porque la sociedad, como una niñera mal preparada e ignorante, en lugar de averiguar qué necesitaban, las zamarreó y golpeó y atacó hasta que lo que había sido un sutil lamento se convirtió en chillidos convulsos que despertaron al hogar completo de la humanidad. Entonces, el hombre, perturbado por el alboroto, subió, puro enojo e irritación, y sin esperar a enterarse cuál era el problema, sumó sus propias y viejas teorías al escándalo, pero al darse cuenta de que no surtían efecto inmediato, ideó nuevas teorías, y se convirtió en una molestia intolerable con sus opiniones y consejos. El hombre se encontraba en el estado de quien no comprende porque no tiene la facultad de percibir el tema en cuestión, y es por eso que se sentía tan optimista. La más mínima percepción de que puedes no estar en lo cierto te salvará de hacer el ridículo.

Sin embargo, debemos evaluar los errores del hombre con un poco de indulgencia porque nosotras no somos inocentes en lo que a ellos respecta. Le permitimos al hombre organizar el sistema social en su totalidad, y administrarlo o mal administrarlo todos estos años, sin examinar su labor con seriedad ni una sola vez para considerar si sus habilidades y motivaciones eran lo suficientemente buenas como para calificarlo para la tarea. Escuchamos sin una sonrisa su prédica acerca de nuestro lugar en la vida y de todo aquello para lo que servimos, sobre la premisa de que “no hay modo de entender a las mujeres”. Soportamos las miserias más desgarradoras por sus pecados, lo protegimos cuando deberíamos haberlo expuesto para que fuera castigado. Dejamos que nos quitara todo y nos conformamos con aceptar lo poco que, a regañadientes, nos dio a cambio. Agachamos la cabeza con sumisión cuando nos agravió en lugar de exigirle pruebas de la superioridad con la que solo habría podido justificar su proceder. Escuchamos con atención sus sermones en materia de virtud, y consentimos sin rechistar el conveniente arreglo según el cual hemos pasado a practicar esta cualidad solo nosotras y en su nombre, de manera vicaria. Vimos el modo en que puso a Cristo como un ejemplo a seguir por todos los hombres, lo que abona la idea de que cree en la posibilidad de que eso sea factible, y no solo dejamos que su debilidad e hipocresía en este sentido pasaran desapercibidas, sino que, hasta hace muy poco, no reparamos en lo graciosas que son sus pretensiones cuando se las contrasta con sus prácticas ni lo expusimos al saludable ridículo, que funciona como un correctivo estimulante. El hombre nos privó de una educación adecuada y luego se burló de nosotras porque no teníamos conocimiento. Redujo nuestra visión de la vida de modo que nuestra mirada sobre ella fuera distorsionada y luego declaró que nuestras impresiones erradas probaban que éramos criaturas insensatas. Embotó nuestra mente de modo que no quedara lugar para la razón y luego se divirtió con nuestra falta de lógica. No pudo controlar nuestra sublime intuición pero hizo todo lo posible para dañarla, menospreciándola como un método femenino inferior para sacar conclusiones; y por último, luego de haber hecho todo lo que quiso hasta perder la cabeza por completo, se posicionó como una especie de dios y nos exigió que lo adorásemos, y, para nuestra vergüenza eterna, hay que decirlo, lo hicimos. La verdad estuvo en nosotras todo este tiempo, pero le hemos prestado más atención al hombre que a la verdad, y por esto la raza humana en pleno ha sufrido. Fallamos en nuestros propósitos al descuidar nuestro deber aquí y merecemos muchas de las deshonras a las que fuimos sometidas. Todo esto se terminó ahora; sin embargo, mientras que por un lado el hombre se ha reducido a su proporción real en nuestra estima, nosotras, por otra parte, nos hemos expandido a la nuestra; y ahora damos un paso al frente, confiadas, para manifestar no que esto o aquello estaba “predeterminado”, sino que en todas las personas, de ambos sexos, encontramos posibilidades hasta el momento reprimidas o excedidas, que, cuando se desarrollen de manera adecuada, permitirán que cada sexo le brinde al otro lo que le falta.

El hombre del futuro será mejor, mientras que la mujer será más fuerte y sabia. Hacer esto realidad es la meta y la finalidad de la presente lucha, y en el descubrimiento de los medios se halla la solución a la cuestión de la mujer. El hombre, al no tener una concepción de sí mismo como imperfecto, desde el punto de vista de la mujer, tendrá dificultades para entender esto; pero sabemos de su flaqueza, y seremos pacientes con él y lo ayudaremos con su lección. Es el lugar y el orgullo y el placer de la mujer enseñar al niño, y el hombre, a nivel moral, está en su infancia. Hubo momentos en los que había dudas respecto de si el hombre debía ser elevado o la mujer debía ser disminuida, pero al fin hemos dado vuelta la página; y ahora la mujer le extiende una mano firme al hombre niño, e insiste, aunque con ternura y piedad infinitas, en ayudarlo a elevarse.

Al hombre se le debe enseñar consistencia. Para él existen ideales que se presume acuerda aceptar de manera tácita desde el momento que mantiene costosas instituciones para enseñarlos: que esté a la altura de ellos. La capacidad del hombre para reducir su propia responsabilidad ha sido explotada a tal extremo en el pasado que antes que asumir culpas, cuando no le fue posible acusar a la mujer, le imputó a Dios las consecuencias de sus propias peculiaridades, promotoras de desdichas.

Sin embargo, con todas sus prerrogativas, el hombre no da lo mejor de sí. Ha tenido, por ejemplo, todas las ventajas de formación para expandir su entendimiento, pero aun así advertimos que, incluso a esta altura del partido, no es capaz de percibir que la mujer tiene una cierta porción de respeto por sí misma y de sentido práctico —suficiente al menos para ser capaz de aplicar el proverbio del pájaro en mano en su propio beneficio—. La mujer no tiene la más mínima intención de sacrificar los privilegios de los que goza ante la posibilidad de obtener otros, en especial del tipo que el hombre pareciera considerar que son a los que ella debiera aspirar, por ser los más deseables. Puede que la mujer sea tonta, pero su estupidez nunca ha sido más grande que la arrogancia del hombre, y la estupidez no es más catastrófica para el entendimiento que la arrogancia. Cuando el hombre habla de conocer el mundo y de haber vivido y ese tipo de cosas, alude a algo objetable; en su experiencia de la vida, por lo general incluye haberse comportado mal; y es en este aspecto que el hombre suele acusarnos de querer imitarlo. Desde tiempos remotos, si una mujer se aventuraba a mostrarse como una persona poco convencional, al hombre se le permitía calumniarla con la imputación de que debía ser abandonada, y él en verdad creía esto porque en su caso la libertad implicaba licencias. El hombre nunca nos ha acusado de intentar emularlo en ninguna cualidad noble y varonil, porque el cultivo de cualidades nobles no ha sido hasta el momento su actividad favorita, al menos no al extremo de que entre en sus cavilaciones y deje impresiones perceptibles en la opinión pública; y nunca, por lo tanto, se le ocurrió considerar si esto podía resultarnos atractivo. El cultivo de cualidades nobles se ha dado de manera individual, más que general, y la persona que lo practica es considerada como alguien diferente, si no como un verdadero excéntrico. El hombre reconoce que llevar adelante la vida según sus métodos es corrosivo, y el estado de corrosión es un estado de decadencia; y aun así, el hombre es tan insensato como para imaginar que nuestra ambición debe ser mentir como lo hace él, para beneficio propio, en todas las funciones públicas. Que el cielo ayude a los niños a percibir con qué esfuerzo y dolor nos sometemos a la dura obligación, cuando nos es impuesta por nuestro sentido de la justicia, de mostrarle al hombre cómo se deberían hacer las cosas.

Ruskin nos ha reprochado el habernos encerrado tras el vallado de los parques y los muros de los jardines, sin preocuparnos por el mundo perdido que gime de tristeza, y esa ha sido nuestra actitud por mucho tiempo; pero los días de conformarnos han terminado. Existe esto en nosotras que nos obliga a abandonar la apatía; no tenemos alternativa. Cuando escuchamos los pedidos de “¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda!” de quienes sufren la desolación y la opresión, y más aún cuando vemos el desasosiego mudo y espantoso de quienes han perdido la esperanza de recibir auxilio, debemos responder. A menudo, esto resulta inconveniente para el hombre, en especial cuando se ha apoderado de una víctima indefensa a la que hubiera destruido de no ser porque acudimos a rescatarla; y por eso, porque le resulta inconveniente sentirse expuesto y frustrado, el hombre masculla acerca del final de la verdadera feminidad, parlotea sobre el tema de la esfera, y amenaza diciendo que si no nos quedamos sentadas en casa, con tapones de algodón en los oídos para no sentirnos tentadas de simpatizar con sus víctimas cuando chillan, y con una venda sobre los ojos para que no lo veamos en su degradación, vamos a vernos afectadas por cabelleras cortas, piel áspera, figuras asimétricas, voces gruesas, mal gusto en el vestir, y apariencias y personalidades en general carentes de atractivo, y, entonces, él no nos amará más o no se casará con nosotras. Y esta es una de sus amenazas más divertidas puesto que él ha dicho y ha probado en numerosas ocasiones que no puede vivir sin nosotras, sin importar cómo seamos. ¡Hombre! ¡Hombre! ¡Eres un sujeto muy extraño ahora que te conocemos! Pero sé prudente. El estándar de tu placer y conveniencia ha dejado de formar parte de nuestra conciencia. En un punto, sin embargo, puedes estar tranquilo. La feminidad verdadera no corre peligro, y los deberes sagrados de esposa y madre se cumplirán de la manera más honorable cuando las mujeres tengan una esperanza cierta de convertirse en esposas y madres de hombres. Pero hay una dificultad. El problema no es que las mujeres sean varoniles, sino que los hombres se vuelven cada vez más afeminados. La hombría ha cobrado relevancia ahora porque se encuentra en falta, y se nos acusa de imitar al hombre a fin de ocultar el aspecto con el cual se podría establecer, de modo evidente, el contraste. El hombre, en sus formas, se ha vuelto más y más deficiente; incluso pareciera que nos acercamos al momento en el que no quedará nada más de él que el antiguo Adán, que dijo: “Yo no fui”.

Por supuesto, se replicará que el pasado ha mejorado con respecto a nuestros días, pero esa no es una comparación justa. Alumbramos nuestro camino con la luz eléctrica: nuestros ancestros solo tenían lámparas de aceite. Podemos ver lo que estamos haciendo y hacia dónde estamos yendo, y deberíamos ser mejores tanto como esté en nuestras posibilidades. ¿Pero dónde se encuentran nuestros hombres? ¿Dónde está la caballerosidad, la verdad y el afecto, el propósito ferviente, la vida sencilla, el pensamiento elevado y la noble abnegación que hacen a un hombre? En vano buscamos en el grueso de nuestros escritores incluso el aprecio por estas cualidades. Entre los hombres más jóvenes, todo lo que se cultiva, por lo habitual, es esa agudeza ligera, sinónimo de vulgaridad. Además, existe entre ellos tal falta de ingenio, semejante carencia de variedad, tal monotonía de temas gastados que tratan ¡hasta el hartazgo! Sus tres papeles “cómicos” subsisten gracias a la repetición de esos tres chistes venerables: la suegra, algún borracho y el engaño edificante llevado a la práctica con éxito por un esposo o esposa infieles. Debido a que carecen de nada verdadero, no tienen nada nuevo para darnos, tampoco nada para expandir el corazón o para alegrarnos la vida. Siempre existe la amenaza de que sus ideas sobre la belleza se vean satisfechas con las piernas de una bailarina de ballet, lo suficientemente bonitas y a mano, pero que no vale la pena mencionar como apoyo a la fortaleza moral, intelectual y física que hacen a un hombre. Los hombres tienen una triste deficiencia en imaginación también; esa antigua falacia a la que se aferran de que porque algo malo siempre ha existido entonces debe mantenerse siempre igual es tanto el resultado de su falta de imaginación como un truco para evadir la responsabilidad de asegurarse de que se haga lo correcto en cualquier tema, aunque no afecte de manera directa su comodidad personal. Hay una cosa en la que los hombres más jóvenes son especialmente buenos, y esto es en dar su opinión; lo hacen para admiración de unos y otros hasta que de verdad creen que lo que dicen tiene algún valor. Sin embargo, ni siquiera saben dónde nos encontramos en la historia del mundo. Hace poco uno de ellos, sin duda para congraciarse con el resto de la Hermandad de Gritones, propuso reintroducir las Leyes de los Apóstoles de los Pavimentos; al parecer, no se dio cuenta de que las madres de los ingleses son demasiado fuertes como para dejarse insultar mediante la reimposición de otra degradación escandalosa para su sexo. Aquel que sea responsable de la posición económica que obliga a las mujeres a rebajarse que sufra el castigo por las consecuencias. Si hay personas que no son conscientes de las causas y los resultados en este asunto, que lean La lucha por la vida, que el joven maestro escribió en Naufragio. Tal como dice el trabajador, con la compasión propia de Cristo: “No estarían allí, pobrecitas, si no fueran arrastradas a eso”.

Hay más de cien mil mujeres en Londres destinadas a ser condenadas por la ley escrita del hombre, si se atreven a morir, y destinadas a la infamia, debido a su medio de subsistencia, si viven; sin embargo, el hombre al frente de estas cuestiones se pregunta qué es aquello por lo que nosotras que tenemos poder estamos protestando en nombre de nuestro sexo. ¿Pero es de extrañar que las mujeres nos lamentemos por la falta de hombría cuando hay hombres de una punta a la otra de su podrido sistema social que se la pasan cometiendo los actos más cobardes de su propio código, que atacan a la mujer indefensa, en especial cuando está abatida?

En este último tiempo, los Hermanos Gritones han visto reflejos de sí mismos que no les han resultado favorecedores, pero su arrogancia sobrevive, y se aferran con confianza a la ilusión de que ellos son en verdad todo lo que resulta admirable, y que es el espejo el que está en falta. Los espejos pueden ser un medio distorsionador o favorecedor, pero a las mujeres ya no nos interesa ver la vida en tonos oscuros. Que se haga la luz. Sufrimos con el primer impacto. Chillamos de espanto frente a lo que descubrimos cuando se ilumina lo que estaba escondido en los rincones oscuros; pero el principio más importante de la limpieza del hogar es no tener rincones oscuros, y, a medida que nos recuperamos, nos ponemos manos a la obra con la voluntad de eliminarlos. A nosotras nos corresponde poner en orden la casa de la humanidad, asegurarnos de que todo esté limpio y agradable y cómodo para que los hombres que sean aptos nos ayuden a formar un hogar allí. Nos veremos forzadas a levantar la suciedad mientras nos ocupamos de esta tarea, pero solo quienes estén en ella sufrirán los inconvenientes que suscita; las personas autosuficientes, que viven por su cuenta, no tienen miedo. Al resto le corresponderán todos los beneficios. La cuestión de la mujer es la cuestión del matrimonio, como se verá en lo sucesivo.

Fuente:

Grand, Sarah (1894, 2022). El nuevo aspecto de la cuestión de la mujer (Trad. Cecilia de la Vega). En C. de la Vega (Comp.), Ser mujeres, ser personas: voces de mujeres que pelearon por sus derechos durante el fin de siècle en Estados Unidos e Inglaterra, (pp. 81-97). Editorial Facultad de Lenguas, Universidad Nacional de Córdoba. Disponible en: http://hdl.handle.net/11086/28967

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